la última carta

Marta Blanco González

Ella es Marta. Su mirada dibuja realidades que luego traza sobre un papel. Le gusta la pausa, que pase el tiempo o que el tiempo pase por ella con pausa. Observa y acaricia los instantes descubriendo la textura de cada realidad. Siente profundamente a su familia y esto le impulsa a saltar más a allá, cerca muy cerca de lo que siempre imaginó.

Conocí a Marta hace 16 años y nueve meses. Ella brilla y la vemos brillar. Hace unos meses escribió este relato.

 

“La última Carta” 

Noche extrañamente cálida de invierno. Tomo un papel roto y viejo olvidado sobre su mesa y te escribo:

 No pude evitarlo, ni siquiera pude estar preparado para el cambio que esto supondría. Nada de lo que pudiera haber imaginado se puede tan siquiera comparar con la realidad en la que en estos momentos me siento partícipe.

Tú no me acompañabas ese día. No podías hacerlo, era un día nublado. Y tú nunca estás conmigo en los días nublados.

No pudiste ver lo que yo vi aquel día. No pudiste ver lo que en mi alma sucedía. Tan solo hizo falta una mirada. Una mirada llena de calidez, ingenuidad, tristeza, fuerza, curiosidad…  Su mirada.

La sangre dejó de correr por mis venas y por un momento creí que se me había parado el corazón. Ella bajó la mira­­da y solo entonces tuve la oportunidad de recorrer con mis ojos cada centímetro de su cuerpo.

Benditos ojos míos, con los que pude contemplar el sonrojo de sus mejillas, el cobrizo de su largo y, quizá, un poco despeinado cabello, sus delicadas facciones, su media sonrisa… las curvas de su cuerpo.

Tan solo hizo falta una mirada y  un momento. Estaba perdido. Perdido en ella.

Pero, querido y oscuro amigo, como bien sabes yo no era más que una sombra a su alrededor, yo no podía ser suyo ni ella podía ser mía. Yo no era nada por aquel entonces.

Hace años me escondí en tu compañía y juré por todos los dioses que no volvería a ver la luz en ninguno de los días. Me hiciste creer que era un peligro, que nada podría salvarme. Que era un ser oscuro, como tú. Y me costó decenas de días y aun más noches comprender que no todo es lo que parece y que aunque tú llevaras las riendas en nuestra relación no podía dejarte caminar delante de mí más tiempo. Cubriéndome. Ocultándome de lo que podía ser. De lo que podía ser por y para ella.

Así que me levanté la pasada noche y caminé hasta encontrarla. La vi entre la multitud, no me costó nada. Para mi ella es como una estela y podría encontrarla en la más oscura de las noches. Me acerqué  y la miré a los ojos y en ellos pude distinguir la ternura del amor más sincero. Me quedé mudo ante esa mirada, todo el mundo parecía haber  desaparecido, tan solo podía verla a ella.

Entonces ocurrió. Me rodeó la cara con las manos y pude sentir sus labios junto a los míos. Nunca había sabido cual era mi lugar en el mundo, hasta ese instante.

Y desde su habitación y mientras la contemplo dormida y envuelta en sabanas te escribo esta carta, querido amigo.

Ahora vuelves a ser mi sombra, y caminarás siempre a mi merced condenado a contemplar mi luz mientras tú te rindes a tu eterna oscuridad.

Todo lo que me has hecho pasar me ha llevado hasta ella, así que solo puedo darte unas amargas gracias sin la dulzura que ésta siempre lleva consigo.

Espero no volver a tener la desgracia de compartir mis días contigo.

Hasta nunca,

  FDO: Tu luz.

autora del relato: Marta Blanco González 

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