el basket que le hizo hombre

el baloncesto que le hizo hombre

quiso hacer deporte y se apuntó a un equipo de baloncesto porque sentía que le gustaba; y es que el niño lo hacía bien. Sus padres le animaron porque el deporte es siempre bueno y está lleno de un montón de valores:aprenderá a socializar con sus iguales, a ser compañero en equipo;aprenderá  a ser responsable y compatibilizar entrenamientos con los estudios;aprenderá a superarse y descubrir que con trabajo, lo imposible es posible; y sobretodo… se divertirá un montón.

Y comenzó a entrenar y a jugar. La ilusión de los primeros meses se fue transformando en trabajo y esfuerzo para conseguir mejorar. Descubrió pronto que para seguir a cierto nivel era necesario demostrar y ser valorado cómo útil, sin fallos, y ser necesario para el resultado final, que es, sin duda, conseguir la victoria.

Y el niño se fue convirtiendo en un chaval.

El chaval escuchaba mensajes que parecían coherentes, pero que interiormente eran contradictorios: “lo importante es mantener la ilusión, participar, divertirse”, pero también: “hay que trabajar más, no puede haber fallos, tienes que superarte,  puedes quedarte atrás, dejar de pertenecer”.

Vio como los meses iban pasando. Mientras sus compañeros daban el estirón, su cuerpo no se asemejaba al del resto. Los centímetros son de oro para algunos deportes. A la vuelta de cada entrenamiento, cuando salía de la ducha, se miraba al espejo para comprobar si algo había cambiado. Necesitaba ser más. Y él era lo que era.

Los padres del equipo animan mientras no hay fallos y se callan cuando se cometen. Se siente la euforia mezclada con la tensión de la grada,  y muerden los labios para que su hijo cumpla, para que sea un activo en el resultado final. Al salir del campo, cuando montan en su coche y conducen hasta casa, miran por el retrovisor y descubren la sonrisa de un buen partido o la mirada perdida tras un resultado adverso… Entonces recuerdan, años atrás, cuando volvían de sus primeros entrenamientos con la ilusión sin estrenar.

Y su deporte se transformó en parte de su vida, de su crecimiento, de su ser. Y se convirtió en lo que se esperaba del baloncesto, un aprendizaje para todos, para él y para los padres. Descubrió que la vida es participar, es ilusión,  ganas e intención. Que todo llega, que la paciencia y la aceptación de uno, del cuerpo, de la inteligencia, de los afectos, es personal y de cada uno. Que los demás no siempre son solidarios y que están para salvarse a ellos mismos. Que, por eso mismo, un equipo es el conjunto de cada individualidad y que sin individualidad tampoco hay equipo.

Le miró y ya no vio su inocencia inviolable, intocable. Lo miró creciendo, sabiéndose él, perfecto e imperfecto, con ganas de jugar, con sus pantalones cortos, las playeras de basket en una bolsa y diciéndole: “¿me llevas a entrenar?”

El baloncesto le ayudó a crecer como padre y a descubrir que su vida, la vida de su hijo, es tan solo suya, como su juego, sus emociones, sus expectativas, sus frustraciones, sus esfuerzos y su ilusión.

Y es que debió ser siempre así, como los primeros pasos, los primeros juegos y la primera vez que se tiró por el aquel tobogán amarillo con forma de espiral. Mientras ocurría todo esto, nosotros creíamos, ingenuamente, que dábamos permiso a que una nueva vida se abriera paso con el vértigo, la emoción y la pasión que la libertad conlleva.

La vida, tan sólo nos invita a ser espectadores y quizá en algún momento, a participar en el destino ajeno, también en el de ellos, nuestros hijos.

Con nosotros, sin nosotros, y a pesar de nosotros, la pelota seguirá botando.

autor: Santiago González Mayor

ilustración: Cristina Álvarez Almirante

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