AH, MIS PIES DESNUDOS…

 El mundo gira, inspira y expira a cada paso. El mundo es para caminarlo y descubrir lo que ayer no existía. En el mundo todos los seres somos especiales y otros dotados para crear posibilidades y convertir la nada en ser. Son seres que encienden estrellas porque hay estrellas que necesitan chocar o rozarse con otras, sin más, para dar luz.
Ella es luz y con ese nombre la llaman. Sus pies recorren cada día miles de pasos para llegar, para quedarse, para irse. Sus pies entran y salen de familias. Se pringan de sudor y tierras con energías desconocidas. Sus ojos llevan muchos años mirando, valorando, dejando que pasen escenas. Sus manos tocando, escribiendo y sobretodo dibujando lo que nunca más podrá repetir. Sus oídos escuchando y dejando de escuchar porque no desea saberlo todo. Y hablando, hablando mucho para contar, para compartir, para dar luz y posibilidades.

Camina por la calle, es calle y en la calle está. MariLuz  Gozález Mayor es encendedora de estrellas. Si te encuentras con ella descubrirás tu luz.

vídeo: Mariluz González Mayor

Ella me entregó estas palabras, y yo, con sumo respeto os las dejo aquí y con ellas desde Educar con Estrella os deseamos un feliz Verano para cargarse de luz. Nos vemos en Septiembre

 

AH, MIS PIES DESNUDOS…

¡Ah, mis pies desnudos que caminan

por la arena del desierto!

¡Mis pies desnudos que me llevan allí donde sólo hay una presencia única

y donde nada me ampara de ninguna mirada!

¡Mis pies desnudos que han escogido un camino que yo sigo como en una visión

de los padres que construyeron, en el 20, mi villa de Milán y de los jóvenes arquitectos

que la completaron en el 60!

Como ya para el pueblo de Israel y el apóstol Pablo,el desierto se presenta ante mí

como la única parte de la realidad que es indispensable.

O mejor aún, como la realidad despojada de todo, salvo de su esencia, tal como se la representa quien vive y, a veces, la piensa, aun sin ser filósofo.

En efecto, nada hay aquí que no sea necesario: la tierra, el cielo y el cuerpo de un hombre.

Por demente, abisal o etéreo que sea el horizonte oscuro su línea es

UNA:

y cualquier punto suyo es igual a otro punto.

El desierto oscuro que parece brillar, tal es su dulzura azucarada, y la bóveda del cielo, incurablemente azul, cambian siempre, pero son siempre iguales.

Bien. ¿Qué decir de mí mismo?

¿De mí, que estoy donde estaba y estaba donde estoy autómata de una persona real

enviado a caminar por el desierto en lugar de ella?

ESTOY LLENO DE UNA PREGUNTA QUE NO SE RESPONDER.

¡Triste resultado, si he escogido este desierto como lugar verdadero e ideal de mi vida!

El que buscaba por las calles de Milán ¿es el mismo que ahora busca por las calles del desierto?

Es cierto: el símbolo de la realidad tiene algo de que la realidad carece:

representa todo significado,y a la vez agrega —precisamente por su naturaleza representativa— un significado nuevo.

Pero este significado nuevo es indescifrable para mí —a diferencia del pueblo de Israel o del apóstol Pablo—.

En el hondo silencio de la evocación sacra, me pregunto entonces si para marchar al

desierto no es preciso haber tenido una vida ya predestinada al desierto, y si al vivir

en los días de la historia —tanto menos hermosa, pura y esencial que su representación

no es preciso haber sabido responder a sus preguntas infinitas e inútiles para poder responder ahora a esta del desierto, única y absoluta.

¡Mísera, prosaica conclusión —laica por imposición de una cultura de

gente oprimida— de un cambio iniciado para ir hacia Dios!

Pero ¿qué habrá de prevalecer? ¿La aridez mundana de la razón o la religión, espreciable

fecundidad de quien vive relegado en la historia?

Mi rostro, pues, es dulce y resignado mientras camino lentamente, jadeante y bañado de sudor, cuando corro lleno de un sacro terror, cuando miro a mi alrededor esta unidad

sin fin, puerilmente preocupado, cuando observo bajo mis pies descalzos la arena sobre la cual me deslizo o me arrastro: precisamente como en la vida, como en Milán.

Mas ¿por qué me detengo súbitamente? ¿Por qué miro fijamente ante mi, como si viera

algo? No hay nada de nuevo más allá del horizonte oscuro, que se delinea infinitamente distinto o igual contra el cielo azul de este lugar imaginado por mi pobre cultura.

¿Por qué, sin que mi voluntad lo ordene, se me contrae la cara, se me hinchan las venas del cuello, se me llenan los ojos de una luz ardiente? ¿Y por qué el grito —que desde hace unos instantes me sale enfurecido de la garganta— no agrega nada a la ambigüedad que hasta ahora ha dominado mi vagabundear por el desierto?

Es imposible decir qué clase de grito es el mío: aunque sin duda es terrible —a tal punto que me desfigura los rasgos volviéndolos parecidos a las fauces de una fiera—,

también es, en cierto modo, alegre, y me convierte casi en un niño. Es un grito que invoca la atención de alguien o su ayuda; pero que quizá también lo maldice.

Es un aullido que quiere proclamar, en este lugar deshabitado, que existo, o bien no sólo que existo, sino también que soy. Es un grito en el cual, hundido en la angustia,

se siente un vil acento de esperanza; o acaso un grito de certeza, totalmente absurda,

dentro de la cual resuena, pura, la desesperación.

De todos modos, esto es cierto: sea cual fuere el significado de mi grito, está destinado a perdurar más allá de todo fin posible.

Segunda Parte Capitulo 19

Pier Paolo Pasolini – Teorema

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2 comentarios en “AH, MIS PIES DESNUDOS…

  1. Luz dijo:

    Ves y hablas con la mirada y la lengua de los niños sorprendidos, de los poetas enamorados y de los borrachos deshinividos. Gracias por compartir tus pensamientos de estrella…. ” tan lejano y sencillo “. Felices vacaciones

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